El espejo de Borges

Prólogo a las obras completas en francés, Gallimard, 1985*.

Traducción de Jean Bernau

Jorge Luis Borges, Palermo, Sicilia/Italia (1984)
Foto: Ferdinando Scianna

Yo diría que ser Borges, (u otro), no viene al caso. La literatura es apócrifa como lo fueron las «Mil y una noches»; por lo demás, no he descubierto nada. Debo a infinitas bibliotecas infinitas lecturas y a infinitas palabras el descubrimiento del mecanismo. Veo ahora (ciego) el sentido literal. Abusos –no sé con qué fundamento lo digo– de la utopía.

La lectura ha dejado expuesto (para desgracia mía), las astucias de la creación literaria. Ese refinamiento me ha destinado a sufrir de una manía: seguir, como Lönnrot, los mecanismos por los cuales todo escritor hace literatura, su delito: las lecturas. Acto infame, lo sé, revelar los secretos de la profesión. He sido (como es natural) un impostor inverosímil. Fui parte; reproduje su funcionamiento. Fueron, permítanme la altanería, los privilegios de la periferia; las tentaciones de un secreto. En vano quise calcar (como toda escritura literaria) aunque haya terminado por imitar y deformar, historias de otros. A la orilla del río sin fin me dediqué a fingir (y en eso soy igual al resto), a copiar, a transcribir, reescribir; libre. Pediré, sin embargo, por mis votos, no me castiguen con la prohibición de futuras lecturas; que el lector no desoiga lo que me atreveré a decir en este prólogo. Estas libertades provocaron el sarcasmo y el pastiche de la crítica. Intelectuales me fustigaron sin enterarse (ingenuos todavía) que incluso los suyos –sus textos– son, en definitiva, lo mismo: una repetición marginal, un eco que rebota en la orilla de este lado del río. Pudor y reticencia son cualidades de los países satelitales. La distancia y la ironía también lo son; adjuntos a cierto servilismo. La identidad nacional fue un potrero del sur. A veces fue una pulpería. En esos lugares muchos nos hemos extraviado (como Dahlman). Yo mismo, lo repito, he falseado (el verbo es exagerado) con cierto grado de elocuencia, alguna atrocidad. Aunque no me convertí en Funes, recuerdo que habité –junto a mí literatura– los arrabales. Mis textos, (digamos), no dejan de dinamitar los efectos que antes produjeron. Disculpen lectores; bien sabe el mundo que la destrucción no puede ser vista sin su contracara. Los efectos se renuevan a pesar de parecer arcaicos. No puedo atribuirme la fragilidad del sentido, pero si puedo –deliberadamente como fingí siempre– actuarlo. ¿No actuaban así los hombres de Tlön?

Otros me llamaron artificioso; otros: aciago por mi «incapacidad» para transmitir el valor de lo real. Nunca leyeron como yo la Encyclopaedia Britannica en una quinta de Ramos Mejía. Y permítanme contrariarlos: ¿Qué condena puede llegar de la emancipación de la realidad? ¿De la capacidad de evidenciar el verdadero valor de la ficción? ¿De poner en evidencia la ingenuidad del lenguaje? Por eso admiro la obra de Herbert Quain. Un examen de ella haría mejor trabajo que la Critica de la razón pura. Al albur de relatos crípticos y cifrados, de manías juveniles, he consumido mis años. No obstante, descubro ahora que, viejo, lúcido (invidente), quería distanciarme. Los efectos fueron (como es natural) el refinamiento y cierto barroquismo. Aunque en mi defensa se podría decir que toda naturaleza es excesiva; es vanidosa (¿Quién no es víctima de ella?). La duda equivale a destruirla o, por qué no a reformarla. Extraviar los excesos en detrimento de la claridad poética me hubiera hecho un irresponsable. Hubiera traído el fin; acaso no previsto. Hice de los marginales (como yo) ficciones sin extrañamiento. La lectura y la valentía son actos atroces que abren puertas como mundos. Martin Fierro sabe de esto, y Tadeo Isidoro Cruz. Mis personajes enfrentan la tradición; no luchan contra el destino; no luchan contra el carácter o el azar. Han aceptado los mandatos de la Lotería de Babilonia; sus marcas infames. Yo, (Borges), les entregué ese destino ¿o debería decir azar? Se entregaron porque la idea de destino se pulveriza con una simple pregunta sobre sí mismo; porque pensarlo (amarga paradoja), significaba pensar otro destino; uno, incluso, más azarosamente despiadado; descarnadamente infinito en que los hombres sueñan que son hombres: un único hombre. El único camino a la realidad que tienen mis personajes es una tradición anacrónica o un libro. Ambos llevan al Sur. Esos dos lugares son las puertas giratorias de la ficción. Por éstas, y tal vez otras razones que en el presente desconozco, dicen que mis ficciones son parodias, que rozan el litigio; la apropiación indebida ¿Qué literatura no lo es? Aunque, naturalmente he sabido promulgar mentiras indirectas, (que no difieren de ciertas verdades), exijo el desprejuicio de nuevas lecturas. En mi defensa Pierre Menard fue literalmente anacrónico y no se pueden eludir sus virtudes. No podría compararme, pero se me juzga por lo mismo. Supe experimentar los peligros de ser un personaje, uno que conoce los artificios de antemano. Fui extravagante. Ex-céntrico. Un boicoteador de mis creencias. ¿El resultado?: mis ficciones. Facsímiles de la realidad. Me fundé en el apócrifo, aciagamente. Soy un inventado porque como dijera en La encrucijada de Berkeley: la Realidad es como esa imagen nuestra que surge en todos los espejos, simulacro que por nosotros existe, que con nosotros viene, gesticula y se va, pero cuya busca basta ir, para dar siempre con él, ad nauseam. J.L.B Ginebra, 27 de mayo de 1985.

Jean Bernau

Amante de la endogamia literaria. Un diletante que hace cruces con la literatura, los autores y sus obras. Escritor íntimo atraído por la fantasía literaria de que todo, incluso la realidad, puede ser ficción. Me muevo en esa frontera. Y a veces me pierdo en esa deliciosa incomprensión. Prefiero siempre la duda antes que la certeza y desde allí exploro la escritura.

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